Entré buscando sombra y salí con una cuchara tibia. El tallista explicó la curva correcta para girar caldos y no rayar la olla. Reímos del primer intento fallido, brindamos con té de agujas, y comprendí que no compras objetos: rescatas tiempo guardado en madera que alguien cuidó desde el árbol.
La puerta estaba abierta y el torno ya cantaba. Ella recogía agua de lluvia para barnices y dejaba secar cuencos frente a una ventana con gaviotas. Me pidió tocar cada borde. Dijo que el mar enseña a pulir sin prisa, como quien escucha una concha antes de responder cualquier pregunta.
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